Hay viajes que se planean para desconectar, y otros que te enseñan a hacerlo sin darte cuenta. Nuestra ruta por Cantabria y Asturias fue exactamente eso: verde infinito, aire puro y la sensación constante de estar en un lugar donde el tiempo va un poco más despacio
Primera parada: Cantabria

Empezamos el viaje en Potes, un pueblo con ese encanto montañés que parece sacado de un cuento. Calles empedradas, casas de piedra, puentes sobre el río y una comida contundente para inaugurar la ruta como se merece. Porque si algo aprendimos desde el minuto uno es que en el norte se come bien… y sin medias tintas.
Nos alojamos dos noches en el Balneario de La Hermida, y fue, sin exagerar, uno de los grandes aciertos del viaje. Después de un día recorriendo montañas, nada mejor que sumergirse en sus baños termales, dejar que el agua caliente haga su trabajo y olvidarte por completo del reloj. Pero lo mejor venía después: salir al aire libre y bañarte en la zona exterior junto a la cascada, con el contraste del aire fresco y el agua caliente. Ese momento, rodeados de montaña y con el sonido del agua cayendo, fue de los que no se olvidan.
Y por las mañanas, el desayuno buffet con vistas era casi un ritual. Café caliente, productos locales y las montañas delante como si fueran parte de la decoración. Empezar el día así cambia el humor de cualquiera.




Desde allí visitamos el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, un lugar cargado de historia que invita a caminar despacio y observar. Después pusimos rumbo a Fuente Dé, donde subimos en el teleférico. En apenas unos minutos pasas del valle a un paisaje imponente en pleno corazón de los Picos de Europa. Viento, silencio y esa sensación de pequeñez ante algo tan grande.
Rumbo a Asturias
Después de esos días en Cantabria, cruzamos a Asturias y nos instalamos en Cangas de Onís, en un hotelito en plena sierra que parecía diseñado para desconectar del mundo. Despertar allí, con la luz entrando entre montañas y sin ningún ruido urbano, era parte del viaje.
Uno de los momentos más especiales fue la visita a los Lagos de Covadonga, pero no de la forma habitual: subimos en un jeep en una excursión guiada. Recorrer los caminos de montaña mientras nos contaban curiosidades y anécdotas del entorno hizo que la experiencia fuera mucho más completa. Y cuando llegas arriba y ves los lagos rodeados de montañas y nubes bajas… entiendes por qué todo el mundo habla de ellos.


También visitamos el Monasterio de Covadonga, con su entorno natural impresionante y esa mezcla de espiritualidad e historia que lo convierte en un lugar emblemático. Y para cerrar la parte más salvaje del viaje, fuimos a los acantilados de Cuerres, donde el Cantábrico se muestra potente, intenso y completamente hipnótico.

Monasterio de Covadonga
Acantilados de Cuerres

Gastronomía: el norte no entiende de dietas

Entre visitas y trayectos, la comida fue casi otro atractivo turístico. En Cantabria descubrimos sabores tradicionales y contundentes; en Asturias el cachopo apareció con dimensiones que parecían un desafío personal. Sidra escanciada (con más entusiasmo que técnica por nuestra parte), quesos con carácter y postres que siempre parecían “el último”… hasta que llegaba el siguiente.
Conclusión
Cantabria y Asturias no son un viaje para tachar lugares en una lista. Son un viaje para respirar, para mirar alrededor sin prisas y para aceptar que el plan perfecto a veces es simplemente no tener plan.
Volvimos con más fotos de montañas que de nosotros mismos, con la piel todavía recordando el contraste del agua caliente en la cascada y el aire frío del norte, y con la certeza de que hay lugares que no necesitan filtros, solo tiempo.
Y sí, quizá volvimos con algún kilo de más… pero también con la sensación de haber estado exactamente donde necesitábamos estar.